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Nosotros los bienintencionados malos padres

-¿Mal padre yo? ¡Habrase oído semejante injuria! –exclamé bastante molesto ante tal imputación. 
La verdad es que, afortunadamente, nadie me ha increpado de esa manera, pero no porque no lo merezca, sino gracias a la prudencia de mis semejantes; sin embargo, no dudo que, de haberme sucedido, ésa hubiera sido mi reacción –y la de muchos.


Paternidad e hijos


Con independencia de si hemos o no sido objeto de tal acusación y ante la crisis de valores y de felicidad que impera en la sociedad actual, es urgente que todos los padres –y madres- nos autoevaluemos y nos preguntemos: ¿Soy un(a) buen(a) padre/madre? (Se recomienda contestar después de haber leído el presente escrito).

Para comenzar, cabe aclarar que el ser buen padre -en sentido genérico: padre/madre- no se mide por los sentimientos que experimentamos por nuestros pequeños, ya que el amor paternal, en la mayoría de la gente cuerda, es natural o instintivo. Dicho de otra forma, el sólo “querer” a tus hijos no te hace un buen padre, pero sí es el presupuesto necesario para serlo.



La cuestión es transformar esos sentimientos tan grandes que nos inspiran los hijos, en acciones tendientes al cumplimiento de nuestro fin como padres.



No son pocos los que piensan –erróneamente- que el fin de la paternidad es lograr que sus hijos los quieran y que no sufran; por ello no vacilan en cumplirles todos sus pueriles caprichos y en pasar por alto cualquier clase de rabieta.



Tampoco lo son los que ven en sus hijos una forma de realizar sus propios sueños y, por lo tanto, tratan de hacerlos una réplica de ellos mismos; o bien, los que tratan de convertirlos en muñecos de aparador, de exhibición, los hijos perfectos.



Después de estos lamentables, pero eso sí, bienintencionados ejemplos, aún persiste la interrogante de cuál es el verdadero fin de la paternidad.



Así, es claro que el fin de la paternidad va más en función de los hijos que de los padres, es decir, por obvio que parezca, no se trata de los padres, sino de los hijos.



En esta multifacética -y por ende compleja- relación humana llamada paternidad, al buscar incansablemente la felicidad de nuestros hijos, encontraremos la nuestra. Lo anterior no implica que nuestro fin sea hacerlos felices, sino enseñarles a serlo por sí mismos. Sí, nuestros hijos son individuos distintos a nosotros, con inteligencia y voluntad propias, por lo que su felicidad dependerá en última instancia de ellos mismos. No podemos vivir su vida, pero sí enseñarles a vivirla y a disfrutarla.




Entonces, para ser buenos padres y no sólo bienintencionados, tenemos que utilizar nuestra propia inteligencia y voluntad, a veces a pesar de nuestros sentimientos. Dicen que nadie nos enseña a ser padres, es cierto, pero es nuestra obligación aprender a serlo y ponerlo en práctica. 



Siguiendo con la idea de que nuestro fin es enseñar a nuestros hijos a ser felices, es importante mencionar que, para que puedan serlo, los padres debemos fomentar en ellos ciertas características indispensables, como la autosuficiencia, que no la prepotencia; la seguridad, que no la soberbia; la generosidad, que no la prodigalidad; el respeto, que no el servilismo; la responsabilidad, que no la inflexibilidad; y el ser útiles. 



Ahora bien, para lograrlo, hay que atender y entender los múltiples roles que, para los padres, conlleva la paternidad:



• Amigo: Hay que entender que una cosa es ser amigos de nuestros hijos, y otra muy distinta ser su “cuate”. Amigo es la persona que te hace crecer, a la que le tienes confianza, cariño. Cuate es aquél con el que sólo te la pasas bien. El ser cuate y no amigo de nuestros hijos, puede afectar el respeto; por el contrario, el ser un buen amigo de nuestros hijos puede fomentar su seguridad y su sentido de la responsabilidad.



• Maestro: Somos los primeros y más importantes maestros de nuestros hijos. De nosotros aprenden cosas tan elementales como hablar, comer, buenos modales, etcétera; pero también las virtudes, las cuales no hay mejor manera de enseñarlas que con nuestro ejemplo. De nuestro buen desempeño en este rol dependen cualidades importantes de nuestros hijos como: la responsabilidad, el respeto, la generosidad, el ser útiles.



• Protector: Un rol elemental sin duda. Desafortunadamente tendemos a caer en la “sobre protección”, con lo cual afectamos su autosuficiencia y seguridad. Sí, hay que protegerlos, pero también hay que dejar que se lleven sus desencantos de vez en cuando.



• Proveedor: Es nuestra obligación proveer a nuestros hijos de: techo, escuela, ropa, comida y diversiones, pero siempre con medida, enseñándoles el valor del trabajo y del esfuerzo, que todas las cosas tienen un costo y, por último, pero no menos importante, el valor de las cosas en cuanto a medios y nunca fines. Un buen desempeño en este rol nos garantizará hijos generosos y útiles. A los hijos no hay que darles mucho, sólo lo suficiente –materialmente hablando-.



Otra cuestión por demás importante, es cobrar conciencia de que la exigencia no está peleada con la paciencia ni con el amor. Se puede ser un padre sumamente exigente, pero sumamente cariñoso. La exigencia tiene que ver más con el establecimiento y cumplimiento de reglas en pro del bien último que para nuestros hijos buscamos y menos con la frialdad e inflexibilidad. 



Tenemos que establecer consecuencias para ciertas conductas y hacerlas efectivas sin excepción, pero amorosamente, tratando de hacerles entender el porqué y para qué. 



Finalmente, hay una idea de suma importancia que debe regir la forma en la que educamos a nuestros hijos, y es la de que el éxito en la vida no es como nos lo pinta la televisión o la sociedad actual, el éxito no se mide en dinero, poder o fama, el éxito se mide día con día en la lucha por ser mejores como personas en todos los ámbitos en los que nos desenvolvamos: laboral, familiar, deportivo, personal, espiritual. No hay batalla más difícil que la que libramos contra nosotros mismos. Una persona exitosa es una persona que lucha, se esfuerza. El éxito no es cuestión de resultados, sino de estados, estado de lucha permanente. Probablemente ganaremos tantas batallas como perderemos, pero lo importante es la lucha. Hay que tratar de ser mejores para Dios, para nuestros seres queridos y para nosotros mismos. De esa forma evitaremos desilusiones y frustraciones. El mayor éxito no está afuera, sino adentro de nosotros: la conquista de uno mismo. Hay que transmitirles eso a nuestros hijos. 

 

 

 

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