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Interés redentor

«¿Para qué ayunamos si tú no nos ves?, ¿mortificarnos, si tú no te fijas?» (Isaías 58,3), gritaban los judíos a Dios en el Antiguo Testamento a manera de reproche. «¿Para qué nos afligimos si tú no te enteras?». Sí, hay en el hombre el deseo natural de ser visto, pues es en los ojos del otro mucho más que en las notarías públicas donde se extiende su verdadera acta de nacimiento, la confirmación de su existir.


Descubrir a los demás


-No me vio, no me vio -se queja la joven que esperaba gustar a su compañero de clase. Había llevado ese día su vestido rojo y su mejor sonrisa. Pero él pasó de largo. 

-¡Si por lo menos me hubiera visto! –vuelve a decir, profundamente desanimada. 

Habría bastado una mirada, ese fugaz encuentro de los ojos, para que ella hubiera podido esperar que... Pero no, de nada habían servido ni su vestido rojo ni su mejor sonrisa. 

En clase acababan de explicarle que «materia es todo aquello que ocupa un lugar en el espacio». Ahora se preguntaba si ser hombre o mujer –si existir- no será ocupar el espacio de una pupila, reflejarse en ella aunque no sea más que por un breve tiempo; pero de esto no había dicho nada su profesor de física…

No basta ver; es necesario que también nos vean. La mirada, sobre todo la mirada ajena, posee un poder altamente creador. En realidad no existimos más que para aquellos por quienes somos mirados. Los jóvenes que van al concierto de su cantante favorito regresan felices porque lo vieron, pero en el fondo infelices porque él no los vio: asistieron a un espectáculo, pero de ninguna manera a un encuentro.

«La atención es la forma más rara y pura de la generosidad. A poquísimos espíritus les es dado descubrir que las cosas y los seres existen», escribió Simone Weil (1909-1943) en una carta de 1942 a Joë Bousquet.

Descubrir que los demás existen, verlos caminar, correr y asombrarse por su misterio es, quizá, la forma más elemental y más pura de la generosidad. Con demasiada frecuencia tendemos a creer que ser generosos es realizar en favor de los otros quién sabe qué serie de cosas complicadas. Y puede ser que no sea sí; en ocasiones, ser generosos no es más que ejecutar el humilde acto de reparar en ellos. Como dice Erich Fromm (1900-1980) en ese bellísimo libro que es El arte de amar, «respeto no significa temor y sumisa reverencia; denota, de acuerdo con la raíz de la palabra, la capacidad de ver a una persona tal cual es, tener conciencia de su individualidad única».

Es fácil oprimir un botón cuando las víctimas de nuestro acto se encuentran a mil millas de distancia y no las vemos: es fácil, muy fácil, matar a larga distancia; pero cuando vemos los ojos de los otros, cuando percibimos su miedo y los vemos moverse en actitud suplicante, entonces ya no es posible apretar el botón; entonces matar ya no es tan fácil.

La vida en las grandes ciudades suele ser dura precisamente por esto: porque nadie ve allí a nadie; porque cada uno hace lo suyo sin percatarse de quien le está enfrente: anonimato total, indiferencia simple y pura. «Aquí es necesario haber hecho algo particular para que te miren; la gente ya no te mira sólo porque existes», se lamenta el pequeño Tarwater al ir a la ciudad –donde se siente desamparado- en una novela de Flannery O’connor (1925-1964), la novelista norteamericana. Y en su Diario nocturno Ennio Flaiano (1910-1972), desanimado, escribió un día: «He aquí una mujer en la ventana. No soporto su presencia, es decir, me aflige. Acaso ni siquiera se ha dado cuenta de mí, y por consiguiente no sabrá jamás que yo también existo, que he pasado junto a ella».

Yo también existo: esto es, precisamente, de lo que debe dar fe la mirada ajena. «Existo para él, existo para él», dice emocionada la joven que siente por primera vez sobre sí la mirada de aquel al que ama en silencio. Antes de aquella mirada prácticamente no existía, era como un golpe de aire. «¡Existo para él, existo para él!». No creo que los que no somos aquella joven pidamos otra cosa. También nosotros queremos existir para unos seres diferentes de nosotros mismos. No nos bastan los espejos; es necesario que unos ojos atentos den fe de nuestro paso por un mundo en el que no estaremos mucho tiempo. 

«Veo mi vida –confesó una vez Carlos Fuentes (1928-2012), el novelista mexicano, en el transcurso de una entrevista-, veo la historia, lo que me circunda y siento que por lo menos la mitad de los problemas que hay en el mundo provienen de la falta de atención, del hecho de que no le prestamos atención al otro, lo abandonamos y un día nos decimos: “¿Por qué lo dejé pasar, por qué no le di la atención debida a esa persona?”. Estos reclamos de atención nos rodean y nos asedian, pero el hecho mismo de saber prestar atención creo que constituye el eje de la bondad de una vida». Mirar, sí, es una forma de ser buenos: una manera de acoger. «La mirada es táctil», explicó Carlos Gurménedez en su Teoría de los sentimientos. Sí, mirar es ya tocar, aunque de otra manera; y si además la mirada está llena de simpatía, mirar es ya amar: una caricia a larga distancia, un afecto que se expresa con los ojos.

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