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La era de la timidez

Gracias al desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación hemos llegado al punto en el que ya no es necesario encontrarnos para comunicarnos. Por primera vez en la historia los encuentros cara a cara se han vuelto prescindibles.


Tecnologías de la comunicación


Hacia 1940, escritores como Anaïs Nin (1903-1977) se quejaban de lo mal que estaba haciendo el teléfono a las relaciones humanas directas, y escribió así en el cuarto volumen de su famoso Diario: «La peligrosa época en la que las voces mecánicas sustituyen las íntimas relaciones, y la impresión de estar en contacto con millones de seres, acaban empobreciendo cada vez más la intimidad y la visión humanas».

En efecto, la revolución que el teléfono vino a traer no es de ninguna manera despreciable, pues a partir de entonces la presencia pudo ser ya reemplazada por la sola voz, haciendo completamente innecesarios los encuentros.

Después vino Internet y las presencias fueron escamoteadas todavía en mayor medida. Hoy, gracias a este instantáneo y poderoso medio de comunicación, nada hay que no pueda ser resuelto o conseguido desde la intimidad (léase soledad) de la propia habitación. A través de Internet podemos comprar, trabajar, participar en comicios electorales, hacernos mil electrocardiogramas y establecer todo tipo de relaciones sin tener, como se dice, que verle la cara a nadie.

Ya no es, pues, necesario salir de casa, y quien quisiera permanecer en ella toda su vida, podría hacerlo perfectamente, que no por eso se verá privado de ninguno de los placeres y servicios que la sociedad posmoderna ofrece a manos llenas.

(De hecho, justo cuando escribía esta página, un noticiero hacía saber a su auditorio que el primer matrimonio vía satélite acababa de celebrarse. Dos seres, un hombre y una mujer, a miles de kilómetros de distancia el uno del otro, se tomaban virtualmente de las manos y se juraban amor a través de una pantalla de video).

Ahora bien, que cada vez salgamos y nos encontremos menos tiene serias consecuencias tanto en el campo psicológico como en el campo moral. En primer lugar –y esto lo afirman psicólogos que a no dudarlo saben lo que dicen–, la agorafobia está a punto de convertirse en una enfermedad cada vez más común. Los agorafóbicos son seres que han perdido la capacidad de moverse en los espacios públicos y que se sienten presos del pánico más atroz cuando tienen que abandonar la seguridad de su casa para ponerse a merced de seres desconocidos en lugares que consideran peligrosos.

En segundo lugar, que cada vez recurramos más a las tecnologías de la comunicación para establecer contactos con personas en vez de encontrarnos personalmente con ellas (y esto lo dijo el famoso sociólogo Zygmunt Bauman en un libro reciente: Intervista sull’identità) está haciendo de nosotros hombres y mujeres congénitamente tímidos. Estamos perdiendo a tal punto la capacidad de entrar en relación y de crear relaciones que cuando tenemos frente a nosotros a un ser humano de carne y hueso ya no sabemos qué hacer con él ni qué decirle. No es pues una casualidad que de 100 matrimonios que se celebran hoy en los Estados Unidos, entre 60 y 70 acaben en divorcio.

Confesaba hace poco un joven inglés de 26 años de edad a un periodista de su país: «Prefiero mil veces las citas en Internet a las citas en bares o cafés. Porque si algo empieza por no gustarme, me basta con apretar la tecla cancelar, cosa que sería del todo imposible en un encuentro directo».

«He tenido una relación con una mujer de otra ciudad –escribe Bill Gates en su precoz autobiografía (Camino al futuro)-. Nos intercambiábamos mensajes a través del correo electrónico. Inventamos incluso una manera de ir juntos al cine: escogíamos una película proyectada a la misma hora en nuestras respectivas ciudades. Durante el trayecto al cine conversábamos a través de nuestros teléfonos. Cada uno por su lado asistía a la misma proyección y, de regreso, retomábamos nuestros celulares para comentar la película».

He aquí la base en la que se apoyan los nuevos amores: la distancia, la falta de encuentro. ¿Se podría razonablemente esperar que duren, aunque sólo sea un poquito?

Una mujer con cara de angustia y ojos como platos me dijo un día: «Mi noviazgo fue más virtual que real, ahora lo comprendo; y cuando me despierto por las mañanas y veo a mi marido tendido en la cama, me voy a la oficina con la impresión de haber estado durmiendo todo este tiempo con el enemigo. ¿Quién es ese hombre? Debo decírselo con toda sinceridad: ¡no sé si lo conozco!».

¡Pobre mujer!

Sí, los hombres y mujeres de la no sé si bien o mal llamada era de la comunicación somos más desinhibidos únicamente en apariencia: hablamos con desparpajo y desenvoltura de los temas más controvertidos, delicados y serios, pero, en realidad –quiero decir, muy en el fondo de nosotros mismos-, nunca habíamos tenido tanto miedo a los demás. 

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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