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Oremos por el cardenal Burke

Sin duda alguna las últimas noticias que he leído relativas a las famosas cinco dubia que algunos cardenales plantearon al Papa Francisco sobre la última exhortación apostólica Amoris Laetitia, me han dejado frío. Leí directamente la entrevista que el Cardenal Burke concedió a LifeSite y, por supuesto, el documento donde se plantean las cinco dudas. Intenté ir a las fuentes directas, y me resultó muy triste observar cómo en distintos medios los comentarios a las noticias mostraban un alto resentimiento, un vocabulario indigno y en ocasiones, lo digo con claridad, blasfemo. Burlas, mofas y odio hacia la figura del Santo Padre, a su estilo, a sus gestos, a sus palabras. Esta vez dedicaré mi columna a tratar este tema desde distintas perspectivas que pudieran arrojar luces sobre el problema en cuestión.



1. Discrepar. El mismo Papa ha favorecido el diálogo y ha dado la bienvenida a la sana discrepancia en orden a escuchar todas las voces y a recorrer, de veras, un camino sinodal. Los detractores de Francisco lo acusan de usar el púlpito de Santa Martha para golpear, desde allí, a los que permanecen fieles a la ortodoxia, pues mientras abiertamente promueve la libertad en el sincero diálogo por otra –afirman ellos– los llama fariseos, pelagianos, restauracionistas, etc. Hasta han editado un librito con frases descontextualizadas que curiosamente asumen como insultos directos del Papa hacia ellos, llamado “The Pope Francis little book of insults”. Considero que ante el tono profético y de denuncia del Papa caben tres posibles interpretaciones, dos de ellas muy erradas: creer que nada de lo que dice el Papa tiene que ver conmigo, y así, todo me resbala porque seguramente se las dice al vecino; la otra, creer que todo lo que dice el Papa tiene que ver sólo conmigo y con mi grupo o movimiento dentro de la Iglesia, y así, todo lo tomo como insulto, me atrinchero y asumo una actitud defensiva que me lleva, en mi soberbia, a creer en una conspiración Vaticana para acabar con la verdadera y pura fe (la mía) para instaurar una franca heterodoxia (la de los que no piensan como yo). Ambas posturas son equivocadas. Un profeta no busca atacarnos, no busca nuestro mal, busca la conversión, busca nuestro bien. De aquí se desprende la tercera actitud que veo más prudente, humilde y provechosa: sentirse interpelados por la voz de Pedro, pedir la gracia para cambiar lo que hay que cambiar, poner manos a la obra y frecuentar los sacramentos, orar y confiar en la misericordia de Dios, siendo muy alegres y comprometidos con el prójimo.

2. Cinco dudas. Cualquiera que haya tenido la oportunidad de leer algunas cuestiones de la Suma Teológica de Tomás de Aquino u otras obras de autores medievales, sabe que muchas disputas no se resolvían con un mero “sí” o “no”. Santo Tomás fue un maestro de la distinción. Por cierto, siempre recordaré las palabras de Walter Redmond, quien en sus clases de lógica en el doctorado nos enseñó un adagio escolástico: “numquam negare, raro affirmare, semper distinguere” (nunca negar, rara vez afirmar, siempre distinguir). Pongo un ejemplo más que claro: ¿Dios es causa del mal? (S.T. I, q.49, a.2, co.) La respuesta que da Santo Tomás no puede ser un mero sí… sería absurdo, pues todo mal (incluido el pecado) tendría como causa a Dios, y si el mal es producto de un agente defectuoso, tendríamos que Dios encierra defecto y, por tanto, no sería Dios. Tampoco es un absoluto no… pues no sólo llamamos malo a lo defectuoso, sino también al término o corrupción natural de determinados seres (como la muerte o fin de determinados seres), y así, Dios que causó dichos seres, también es la causa de su perecer, pues así sabiamente mantiene la armonía del universo. ¿Cómo se resuelve entonces esta duda? Distinguiendo. Si por mal entendemos lo primero, entonces Dios no es causa, si por mal entendemos lo segundo, entonces Dios sí es causa. No significa que Dios es y no es causa, sino que el problema admite diferentes abordajes y hay que distinguir con rigor y minuciosidad (la filosofía y la teología son para Tomás piezas de filigrana) para luego responder. Quien busca en la Suma Teológica respuestas de un sí o no total, unívoco, le tengo una mala noticia. Este libro, pieza magistral de la ortodoxia católica, está casi en su totalidad compuesto de sabias, profundas y finísimas distinciones.

Volvamos al caso que nos ocupa. Los cardenales presentan al texto unas dudas. Ellos sí esperan del Papa un “sí” o “no” rotundo, total, ante cada planteamiento. No creo que el tema de los divorciados vueltos a casar sea un tema que no admita distinciones. Por ejemplo, ciertos casos, pienso en aquellos donde el primer matrimonio fue inválido y aún no han obtenido una nulidad de parte de la Iglesia, pero hay conciencia cierta de su invalidez, no son similares a otros casos donde el primer matrimonio fue rato y consumado. El mismo Código de Derecho Canónico (cánones 1141-1150) muestra que sobre la disolución del vínculo hay una gama muy variada de casos y que no todos se tratan igual. Santo Tomás no respondería a las dubia de los cardenales con un sí o no taxativo tratándose de una materia tan contingente y variada como el matrimonio. Haría las distinciones necesarias, luego se pronunciaría. El Papa está dejando a cada obispo conocer los casos concretos y proceder con prudencia en cada uno. ¿No es esto lo más indicado? Más tomista no puede ser el Papa; no se puede tratar el tema del matrimonio con un univocismo ramplón.

3. Esperan su respuesta, de lo contrario, lo corregirán formalmente. Esto ya me parece que toma otro tono. Casi puedo afirmar, de capricho. Si el Papa no responde (ojo: ¡y no responde lo que yo quiero que responda!), entonces le plantaré cara. En una de las entrevistas el Cardenal Burke aduce que la corrección al Papa es una tradición en la Iglesia (sic). Sin embargo, el antecedente más próximo es el de Juan XXII (1316-1334), cuando expuso que los justos que mueren en gracia no veían a Dios sino hasta el Juicio Final, lo cual le valió la corrección de teólogos de París y Oxford que afirmaban que la visión beatífica, en estos casos, se tenía después de la muerte. La cosa terminó mal: el emperador se metió a la disputa y apoyó, con Ockham, el que se condenase a Juan XXII como hereje y que se nombrara un nuevo sucesor: el antipapa Nicolás V. Juan se defendió hasta la muerte. El caso –mas no el tema– es tan raro y lleno de intereses políticos y mezquinos, que sería sugerente para escribir toda una novela. ¿Este es el antecedente que aduce el Cardenal Burke? Al menos, como estrategia argumentativa y caso paradigmático, es una mala elección. ¿Darle un ultimátum a un Papa? La cosa la veo muy descabellada, sin embargo, ligándola históricamente a la disputa con Juan XXII no la veo improbable. Lo que en su momento pareció una mera disputa sobre el fin de los tiempos pronto reveló su verdadero rostro: una conspiración política.

4. Los blogs son los que me dan más miedo. Pero tengo que reconocer algo, si uno lee directamente al Cardenal Burke, hay respeto en su forma de dirigirse al Papa, hay prudencia en sus expresiones, hay cordialidad y sencillez. No tengo la fortuna de conocerlo, pero se ve un hombre bueno e inteligente, hombre de fe y amor a la doctrina. Lo que ya no me gusta son las opiniones vertidas por los internautas en cada uno de los foros donde se exponen sus noticias y entrevistas. Hay demasiado odio. Demasiado rencor. No es digno ni siquiera volver a leer ni mucho menos reproducir aquí algunos ejemplos de las majaderías con que tratan al Papa. Esto ya no me gusta nadita de nada. Si se pretenden los campeones de la ortodoxia, su fe debe ir a la par de su caridad; su inteligencia de su paciencia; su afán de justicia de su humildad; su valentía de su conciencia de saberse finitos y pecadores. Hay tanta soberbia y tanta rabia, tanta seguridad en ellos mismos y tanta insolencia hacia el ministerio Petrino, que, tengo que reconocerlo, me recordó el vocabulario del último Lutero (el que escribió “Contra el Papado de Roma fundado por el diablo”), el que, dejando a un lado la teología, ya sólo decía palabras altisonantes; polemizaba vulgarmente.

5. Oremos mucho. Los grandes santos reformadores de la iglesia, nunca lo hicieron contra el Papa ni siendo vulgares y arrogantes. Santa Teresa de Ávila, San Ignacio de Loyola, San Francisco de Asís, Santo Domingo de Guzmán y un largo etcétera, reformaron siempre en unión y fidelidad a Pedro. Oremos para que todos los que tienen las mejores intenciones en todo este debate que estamos viviendo, den ejemplo de cariño y amor a la Iglesia y al Papa; que nunca generen escándalo y que sean siempre factor de unidad. El fantasma del cisma no se asoma tanto en la heterodoxia como en la soberbia, o al menos eso pienso yo. Los demonios, respecto a Dios, también creen y hasta tiemblan (Sgo 2,19), y no es un error de conocimiento lo que los condenó, sino su permanente y altanera soberbia. Esta tentación nos acecha a todos.

 

 

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