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Ya basta de la navidad (con minúscula)

Cada vez más pienso que el cristianismo está sufriendo un revés histórico sin precedentes. Sus conceptos fundamentales, sus valores, sus tradiciones y hasta su vocabulario se ha desfondado, se ha vaciado, para llenarse con nuevos aromas agradables al siglo del consumo, a este siglo veintiuno. Vaciar el cristianismo de su sentido, de la presencia de Jesucristo, para quedarse con un calendario con días de descanso, con tiempo suficiente para pasear por los centros comerciales parece ser el objetivo de una cultura anónima de la cual todos somos sus fervientes constructores.



Me repulsa enormemente la figura de Santa Claus. No porque sea un personaje que nos recuerde a Nicolás de Bari, obispo que regalaba juguetes a los niños, ni tampoco porque su figura evoque el sincretismo con que el cristianismo evangelizó –y no aniquiló– tradiciones anteriores a él, donde latían valores compatibles con su mensaje. Me repulsa porque es un cristianismo desfondado, vaciado.

Ahora tenemos un anciano obeso, que ríe sin parar, que da regalos a los niños que se portan bien, y cuya “magia” consiste en hacer accesible a los niños el que uno de sus deseos generados en los comerciales televisivos aparezcan mágicamente al amanecer del 25 de diciembre.

Un día, un niño de un colegio donde di clases me explicaba que Santa Claus no traía juguetes a los pobres porque seguramente se portaban mal. ¡Y cuántos niños he visto yo que tienen los más grandes regalos sin portarse para nada bien! Ni siquiera la más pedagógica de las justicias aparece esa noche.

La noche del 24 es importante prepararla “como se debe”. Ir al supermercado y comprar, comprar, comprar. Las pilas de licores y vinos, de charolas para hornear, la carne, las botanas; en fin, navidad es un festín para el paladar. Pareciera que la misión es comer hasta reventar. No importa con qué: con pollo, si el presupuesto no es bastante, o con bacalao, con romeritos o con pavo; pero lo importante es que esa noche sobre y se desperdicie. La acusación de San Pablo en su carta a los filipenses: “su dios es el vientre”, hoy se dirige a nosotros.

Las posadas y hasta la cena de navidad son ocasión de no pocos desencuentros familiares. Ya porque a uno se le pasaron las copas, o porque al nieto le da pereza una fiesta familiar y prefiere irse de antro. Navidad es para “fiestar”, no para convivir. De hecho, el aguinaldo es para eso, para gastar, y es mejor que cada uno lo haga a su modo. En fin, la idea es que todos estemos en paz. Por tanto, lo que durante un año no hicimos con nuestros padres, hijos, ahijados, etc., es momento de remediarlo con un buen regalo. El consumo lo logra todo, el consumo es la llave que abre los corazones y los hace permanecer en la paz.

Si se tiene más dinero, la idea es vacacionar en un lugar donde se puedan enviar selfies desde el hotel de la playa donde uno se encuentre. Con ese dinero se puede cambiar el guardarropa, “actualizar” nuestros celulares y computadoras, aprovechando el “buen fin” y las ofertas decembrinas. Navidad es tiempo para renovarnos (es decir, nuestra vestimenta y nuestras telecomunicaciones). Habrá todo un año por delante para pagar las deudas generadas por los gastos navideños. ¡No hay de qué preocuparse! Las grandes tiendas departamentales tienen lo que deseamos; deseamos lo que vemos en la televisión; y los comerciales de televisión los pagan ellos. Soy bienvenido en esos lugares porque quieren mi dinero, porque soy un gastador en potencia.

También, es romántico poner foquitos en toda la casa. De colores o de luz neón, alumbrando el arbolote de navidad, donde mágicamente se hará el milagro más esperado del año: unas cajas conteniendo artículos comprados. Los padres se realizarán como padres con la sonrisa y euforia de los hijos en la mañana del veinticinco. Un drama de un hijo cuyos deseos fueron incomprendidos por el gordo de rojo se resuelven yendo pronto a comprar el artículo y esconderlo en otro lugar de la casa diciendo al hijo que apareció mágicamente su deseado presente.

Si la fantasía de la navidad, a pesar de todos los esfuerzos de la cartera, no es realizada, entonces la navidad se volverá fuente de frustración: soy poco padre, soy poca madre, soy mal hijo, soy mala hija. ¿Cuándo hemos conocido un consumidor satisfecho? Pero no se preocupe, en esta espiral de consumo le tengo una buena noticia: existe la próxima navidad, allí remedie lo que ahora no pudo lograr. Sin embargo, cuente que varias de sus facturas por pagar fueron maquiavélicamente programadas a 24 o 48 meses sin intereses, lo cual significa que en cuatro años usted podrá resarcir el daño psicológico causado a sus hijos.

Pero como desfondar o vaciar de contenido cristiano esta época es el lugar común, recuerde ser incluyente. Ya no recordamos que la navidad tiene que ver con la “natividad de Jesucristo”, más bien lo hemos cambiado por objetos neutros que no hieran la sensibilidad de nadie. Cambie sus nacimientos por renos, sus velas de Adviento por la esposa de Santa Clos (sic), copos de nieve, aunque usted viva en la costa… busquemos lo “nuestro”, lo que no recuerde justo lo que rememoramos ese día. Así la fiesta se lleva en paz. ¿Qué no trata de esto la navidad?

En fin… ya estoy harto de esto. De todo esto. Ya es demasiado. Y es demasiado caro para ser tan vano, superfluo y poco satisfactorio. Al final de muchas navidades quedé triste y ya no quiero eso. Confieso profundamente que me gustaría preparar la cena para un pobre, sí, una buena cena para un pobre, y yo comer algo sencillo, algo que ceno todos los días. Él una sonrisa, una cara de sorpresa que nunca podré recompensar. Estoy preparando a mis hijos para preparar unas cartas de navidad y unos regalos para niños que conocemos y que no tienen recursos. Quiero una navidad sencilla, realmente sencilla, profundamente sencilla.

El Cristo no se hizo presente al mundo con bombo y platillo, con espectaculares ni propaganda. Fue en un pequeñito pesebre, el que a la sazón ahí se encontraba, donde, como dice san Juan de la Cruz, se cambió el llanto de Dios por la alegría del hombre. Sólo los pastores asistieron a ese prodigio. Sólo ellos –y unos magos extranjeros– tuvieron ojos dignos para ver al Mesías. Ni reyes, ni sacerdotes, ni sabios estudiosos, ni comerciantes acaudalados lo vieron.

Esa noche todo Israel tuvo una noche como otras, una cena como tantas otras, una fiesta como cualquiera. Sólo pocos realmente se alegraron por la Presencia de Alguien que venía a salvarlos. ¡Cuánto quisiera yo ser un pobre pastor en este siglo del consumo! Eso pido, sólo eso pido, en esta Navidad. Porque mi corazón anhela una Navidad con mayúscula.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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