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Las ventajas de aburrirse

El tedio y el hastío, esa desgana de vivir, esa desilusión por lo pequeño y por lo grande, es un veneno que carcome cada vez más las sociedades contemporáneas. El tedio es la prueba irrefutable de que los bienes materiales no son el fin de la vida, de que el dinero como entusiasmo que anima nuestros anhelos y búsquedas, nuestra preparación profesional y nuestras conquistas laborales, es ingenuo. El tedio se da, fundamentalmente, en quien tiene, quien tiene mucho. Lo que se nos ha inculcado como fin, resulta que es el sinsentido.



 Pero una cosa es el tedio y otra cosa el aburrimiento. Este último surge por la falta de estímulo, por la falta de una causa que nos incite. La etimología de aburrimiento no tiene nada que ver con convertirse en un “burro” ni cosas por el estilo. Proviene del latín “ab-horrere” que significa huir o alejarse de lo que horroriza, de lo que pone nervioso y da ansiedad. El aburrimiento es la antítesis de correr riesgos, de caminar sobre el filo de la navaja, de la incertidumbre, del movimiento. Por eso el síntoma del aburrimiento es la malhumorada quietud. No una quietud proveniente del cansancio, sino justamente opuesta a él.

El aburrimiento, como otros estados de ánimo, despierta al ser humano, lo hace salir de sí, ser creativo. Uno se aburre de estar aburrido, y cuando esto sucede, la magia de la creatividad, del juego, de la búsqueda del otro ocurre. Pero hay que padecer el aburrimiento como parto de ese alumbramiento que llamamos creatividad.

El problema actual es que un niño ya no conoce el aburrimiento. La serie interminable de estímulos que recibe pasivamente (videojuego, celular, tv, cine, juegos de McDonald’s, y un interminable etcétera, los cuales en un movimiento circular se suceden unos a otros, minan la posibilidad de que el niño se aburra y, por tanto, padezca ese dolor tan humano y tan genuino de no estar a gusto consigo mismo, de querer hacer algo y a la vez no, que eventualmente termina con la ocurrencia, la imaginación, la acción y la creatividad.

Hoy los padres somos buenos esclavos que entretenemos hasta el último momento a nuestros hijos. Exhaustos nosotros, no nos permitimos –pues nuestra paternidad se pondría en duda– que nuestros hijos se aburran. Y como queremos controlar la posible travesura (que llegará sin duda), estimulamos artificialmente a nuestros hijos. Ellos eternamente pasivos de nuestros aparatos que los controlan, nosotros eternamente activos controlando.

Resultado: hijos poco creativos, libres y autónomos, padres muy cansados, gastados y malhumorados.

Y lo trágico es el final… quien nunca padeció el aburrimiento, oportunidad magnífica de despertar la imaginación y el genio, termina, al correr de los años, en el hastío. El que siempre estuvo estimulado termina cansándose de ser un objeto de estímulos. De joven busca más y mejores estímulos, toda la vida se juzga y se resuelve así. Se convierte en un ser “espectacular” porque sólo gusta del espectáculo. El entretenimiento se vuelve un bien básico, un producto de primera necesidad. Y como él no sabe hacer las cuentas con su propia vida, de vivirla con riesgos e incertidumbres, quiere también comprarse un futuro.

El aburrimiento es un vampiro al cual alejamos con los ajos de la tarjeta de crédito y de la pantalla de televisión. Pero esta no confrontación con la soledad, con la frustración y con la desgana sólo nos asegura desconocer nuestros propios recursos para combatirla.

Lo que más me preocupa es la bajísima tolerancia a la frustración que veo actualmente. Evitamos a nuestros hijos hasta el mínimo riesgo de fracaso, no nos gusta ni pensar que podrían estar en una situación que pudiera desencadenar una tristeza, un mal físico, un bochorno. Ellos no soportan la frustración porque tal vez nosotros la tememos más que ellos.

¿Quién se pone en duda cuando un niño se ensucia jugando con la tierra, experimentando con insectos y se va por la calle cantando y bailando, con la cara no más limpia que el resto del cuerpo: el hijo o el padre? ¿Quién es el que realmente prefiere un hijo tranquilo durante dos o tres horas que se le enchufa al videojuego: el hijo mismo o el padre? ¿Quién gana a corto plazo y quién pierde a largo plazo?

En fin, benditos los momentos en que me aburrí de niño… muy buenos aquellos momentos en que me sigo aburriendo. Gracias a mis padres que nunca me sobre estimularon para estar quietecito y controlado, mientras ellos leían el periódico o tomaban la siesta. Sé que muchas veces los cansé con mis travesuras y no pocos enojos provoqué, pero aprendí a hacer algo, a ser tolerante a la frustración, a buscar mis propios recursos para no aburrirme. 

@yoinfluyo

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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