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El tema no es la heterosexualidad, ni tampoco la homosexualidad

Por fuerte y raro que parezca, la heterosexualidad no encierra, de suyo, un valor. Ahí donde hay heterosexualidad, no hay, necesaria y forzosamente bondad. Quepan varios ejemplos: el incesto, la pornografía, la prostitución, la pederastia o la trata de personas; de que dichas acciones se den entre personas de sexo distinto no se sigue nada. Los mismos ejemplos los podemos aplicar en el caso homosexual y tampoco se sigue nada, nada de nada. Ni la heterosexualidad ni la homosexualidad son tendencias que garantizan un paraíso de ternura, respeto a los derechos humanos o amor.



Creo que el debate actual está gravitando sobre un falso binomio: heterosexualidad-homosexualidad; binomio que, por una parte, es falso, dada la diversidad de posibilidades existentes en nuestras sociedades (bi, trans, etc.) y por otra, es errado: la tendencia sexual no condena ni salva a nadie.

En su magnífico y olvidado comentario de Tomás de Aquino a los Mandamientos, se expresa un argumento al que me referiré enseguida. El matrimonio entre varón y mujer, revestido de tres características fundamentales: exclusividad (sólo yo para ti y tú para mí), totalidad amatoria (todo yo para ti y tú para mí) y duración (de por vida) es la sociedad primigenia en que mejor se puede vivir, donde mejor se puede educar a los hijos, y, por qué no, donde mejor se puede morir. ¿Pueden existir otras células sociales? Por supuesto que sí, pero una familia con estas características es el mejor lugar, sin por ello decir que es el único o que las otras formas de convivencia son aberrantes. Un orfanato, por ejemplo, no es estrictamente hablando la familia a la que nos referimos, y que ni duda cabe que es muchísimo mejor para vivir que la soledad de la calle.

Pero regresemos a Santo Tomás. ¿Cómo determina lo que es moralmente inconveniente en materia sexual? Por su lejanía a ese núcleo llamado matrimonio, e incluso a esas tres características antes referidas. Sobra decir que tampoco porque haya un matrimonio rato y consumado todo acto sexual es bendecido y bienvenido: pueden existir violaciones y humillaciones, chantajes cargados de utilitarismo, que en nada refieren al misterio entre Cristo y la Iglesia, paradigma final del matrimonio cristiano, de acuerdo a Tomás de Aquino y a la tradición. 

El actual conflicto que veo en las redes y entre mis amigos, al polarizar los términos del debate en heterosexuales y homosexuales, está errado. De parte de unos y de otros hay fobia, homofobia y heterofobia, ambas dañinas y mezquinas. El tema creo que debe enfocarse a lo siguiente: el matrimonio y la familia (sí, los tradicionales, los que son entre varón y mujer, con capacidad de procreación, donde hay un compromiso de por vida de amarse, respetarse y apoyarse) y las formas más o menos cercanas a este núcleo social básico. A mayor cercanía se reflejarán, obviamente, en mayor medida los atributos de la exclusividad, la totalidad, la duración, la fecundidad, el amor… En la medida que se alejen de este núcleo, dichas realidades carecerán de dichos atributos.

Llegados a este punto, tal vez para usted, amable lector, terminé siendo un tradicionalista recalcitrante y aún más conservador que muchas ‘buenas conciencias’, pues sólo cierro filas en torno al matrimonio tal como lo he descrito. Tal vez, por el contrario, parezca que estoy solapadamente bendiciendo ciertas uniones homosexuales que están más cerca del ideal de matrimonio para Tomás de Aquino que muchos matrimonios heterosexuales, donde se ha decidido un no a la vida, donde reina la violencia y la infidelidad.

Tal vez lo que se pregunte usted es si en el fondo estoy a favor de las marchas actuales y venideras. Pues sí y no. Comencemos por el No. Nadie en su sano juicio piensa que con una marcha se resuelve el grave problema social que enfrentamos, una crisis sin precedente, como ya lo he comentado en otras columnas, que no comenzó con el auge del movimiento gaylésbico, sino que se remonta, en sus inicios, a la propia dinámica de las familias: poco amor, mucha indiferencia, poco tiempo de unos para con otros, mucha ansiedad por el consumo, poca comunicación. No hubo un plan orquestado contra la familia, para destruirla. ¡Fuimos nosotros mismos sus macabros destructores! Pero nos gusta más coquetear con la idea de la conspiración que vernos en el espejo de la autocrítica. Hace falta más sinceridad y menos fantasía. 

Sigamos con el Sí. Vivimos en una democracia, y gústele a quien le guste, salir a las calles a expresar la opinión, por insignificante que parezca, es todo un derecho, salvo, que la opinión expresada atente contra los derechos de otro, es decir, sea discriminatoria. Y este es el argumento de muchos en contra de la marcha: dicen que es violencia, discriminación, homofobia, etc. Están arrinconando al movimiento y a su expresión contra las cuerdas (sólo recordar que cuando es la marcha gay me ha tocado estar con mis hijos en el coche presenciando un desfile que, a mi gusto, atenta contra el derecho de mis hijos. Haga usted la prueba: vístase sólo en tanga y salga a la calle, y verá que lo arrestarán). Total, que los antimarchas hagan ahora lo que me han dicho algunos progays: si no estás de acuerdo, ese día no salgas a la calle y respeta su derecho de expresarse. ¿Por qué ahora tanta rabia contra la Iglesia, tanto enojo y tanto malestar? ¿Por qué no asumir como actitud la tolerancia que tantas y tantas veces han exigido para sí mismos? 

En fin, que el pueblo se exprese. Tal cual. Bienvenida la democracia con sus pros y contras. Que todos sepamos respetarnos. Lo que no vale es pedir el respeto cuando yo marcho y dedicarme a acribillar a otros cuando ellos marchan. Lo que no vale es la ingenuidad de quien piensa que marchando será un mártir de las causas justas cuando con media hora (o dos) no se remedia lo que hay que poner manos a la obra en los invisibles pero eficacísimos hogares de cada uno de nosotros. Lo que no vale es juzgar a nadie por sus tendencias sexuales, pues ellas no son índices de casi nada. 

Lo que sí vale, y no nos está entrando en la cabeza a nadie, es el diálogo como actitud fundamental. Cuántos de los que marcharán en estos días han dialogado abiertamente con personas del movimiento LGBTTTI, un diálogo con verdadera actitud de escucha, con aprecio, con afecto. Un buen abrazo, una escucha sincera, antes y por encima de cualquier juicio, nos abriría los ojos, nos impulsaría a construir juntos, todos, una mejor sociedad. Siempre estamos atacándonos, siempre defendiéndonos: nuestra lógica es la de la guerra. Y sobre esto último, es bueno recordar las sabias palabras de un Pontífice durante la Guerra Mundial: “Nada está perdido con la paz, y todo puede estarlo con la guerra”.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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