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Populismo legislativo

Afirma Tomás de Aquino que: “en tanto es legítimo cambiar una ley en cuanto con su cambio se contribuye al bien común” (ST, I-II, q.97, a.2, co). Esta sentencia me parece un axioma básico de la Filosofía del Derecho que vale la pena tener presente a la hora de promulgar nuevas leyes, reformarlas o derogarlas. La ley no se tiene como fin en sí misma, ella es funcional al bien común.


México; populismo legislativo


He escuchado últimamente frases que afirman que por fin se “moderniza” una institución o una disposición que tenía cuarenta o cincuenta años intacta. Habría que preguntarse si existe un tipo de ansiedad jurídica detrás de estas actualizaciones legislativas. Sólo por plantear dos hipótesis teóricas: ¿Una buena disposición es necesario reformarla, aunque sea antigua? ¿Una disposición nueva debe ser intacta sólo por el hecho de que es reciente su promulgación?

En Lógica hay dos falacias que tienen que ver con este asunto. El argumento ad novitatem, que afirma que sólo y todo lo nuevo es válido, y el argumento ad antiquitatem, que afirma que sólo y todo lo viejo es válido. Ni uno ni otro son buenos argumentos. Lo bueno, lo que abona al bien común, es independiente de las categorías nuevo/viejo. Hay realidades que abonan al bien común y que son instituciones antiquísimas o recientes; en contraparte, se ha hipotecado el bien común presente y futuro con legislaciones de vanguardia, así como existen prácticas añejas en la humanidad que sólo destruyen la comunidad: la carta de ciudadanía no les viene de su antigüedad ni de su novedad.

Y hay algo de estas falacias que está presente en la famosa frase: “eficacia legislativa”, asumida ya como eslogan de nuestras Cámaras. Estoy totalmente de acuerdo en actualizar ciertos ordenamientos jurídicos, pero el argumento de peso y la carga de la prueba deben versar en demostrar que con esa actualización se beneficia a la comunidad: que los vínculos se refuerzan, que se genera unidad en el pueblo, que se protegen los derechos humanos de todos, que se consigue con mayor facilidad el bienestar integral de cada persona, en fin… que la comunidad se vuelve buena, y que el bien es para la comunidad.

Para muestra un botón: hubo en el periodo legislativo ordinario pasado 24 iniciativas en la Comisión de Atención a grupos vulnerables en la Cámara de Diputados, 3 fueron aprobadas, 2 desechadas y ¡19 pendientes! Siguen en el tintero la atención a personas con espectro autista, las residencias de día para adultos mayores o el fomentar la inclusión total de los discapacitados en el sistema educativo nacional, entre otros. Esto urge. Sin inclusión a los grupos vulnerables no hay bien común.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación, hace un año, emitió una tesis jurisprudencial que considera inconstitucionales los Códigos Civiles que consideren que el matrimonio es una institución entre varón y mujer, porque establecer la procreación como una finalidad del matrimonio, es discriminatorio. ¡Caray! ¿Tener hijos no es acaso uno de los aspectos más básicos del bien común? ¿No es la educación de los hijos en el seno de un hogar una forma especial y privilegiada de formar ciudadanos responsables y trabajadores que luego sostendrán material y culturalmente a la Patria? Esta resolución de la Corte, digámoslo con claridad, no abonó al bien común. La iniciativa de Peña Nieto no consiste más que en hacer pública y culturalmente aceptada esta decisión ya tomada hace un año, una decisión por la cual ¡el Poder Judicial legisló!

Creo que a estas alturas el tema no es si las uniones homosexuales necesitan o no un marco jurídico adecuado, que garantice derechos a la salud o patrimoniales, por poner un ejemplo; no proporcionar este marco jurídico va en contra del bien común. Urge crear este marco jurídico y hacerlo muy bien. Cosa distinta es que en aras de cobijar en el bien común a unos se descobije a otros. Así no se legisla. Es necesaria una creatividad legislativa, una democracia inteligente en donde todos quepamos, sin perjuicio de nadie.

El populismo está de moda. Son tiempos de Trump, del Brexit y de Podemos. El populismo tienta a derechas e izquierdas, al Primer y al Tercer Mundo. Son tiempos de decir lo que halaga, de decir lo políticamente correcto. Este es el precio que pagamos en una cultura que evalúa todo (a gobernantes, padres de familia, docentes e instituciones) por encuestas de satisfacción del cliente. La toma de decisiones ya no se hace por el bien común, sino para elevar índices, para mejorar en la aprobación que los demás hacen de nosotros. Y este gancho lo hemos mordido todos. Cambiamos el bien por la aceptación, lo común por lo popular.

El populismo legislativo está culturalmente ganando terreno. Y la cultura se verifica, ante todo, en la vida de los hogares. Los padres hemos renunciado a ser padres por ser buenos compañeros, lo cual es más rentable en términos de aceptación presente. Pero un día nuestros hijos se levantarán en nuestra contra por no haberles inculcado el amor a la lectura, por no haberlos formado en los hábitos de la puntualidad, la veracidad o la justicia, por no enseñarles el valor del sacrificio, del compartir y del trabajo. Su fracaso será nuestra evaluación final. Toda una cadena de aprobaciones cortoplacistas terminará en una desaprobación definitiva.

El populismo tiene como antídoto una consciente, madura y solidaria apuesta por el bien común.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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