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¿Quién paga al final los platos rotos?

Unas elecciones atípicas vivimos el fin de semana pasado. Atípicas por los resultados: el PRI perdió en nueve de los catorce comicios: 7 gubernaturas, el congreso de Baja California y el Constituyente de la Ciudad de México, y ya no hablar de alcaldías, que ahí la cuenta saldrá tanto o más cara.


México; elecciones, ingredientes


Las causas de lo que vimos el fin de semana son múltiples. Hay que estar atento a lo que sucedió en cada localidad: prestigio de los candidatos, trayectoria, desempeño de la saliente administración, etc. Es obvio que hay que analizar detenidamente, estado por estado, lo ocurrido. Sin embargo, nadie puede negar que lo que para a nivel federal repercute a nivel estatal.

Y sobre esto quiero hablar un poco: hay dos ingredientes federales que tuvieron todas las ensaladas electorales el pasado fin de semana. ¿Cuánto y en qué pedida dichos ingredientes afectaron o terminaron decidiendo cada elección local? No lo podría decir ahora, hace falta tiempo para decantar los hechos y analizarlos con más detenimiento. Pero estos dos ingredientes son enteramente civiles, totalmente tocantes a la vida ordinaria de la ciudadanía: la llamada “ley 3 de 3” y las reformas que el Ejecutivo turnó al Legislativo en torno a los llamados “matrimonios igualitarios”.

La corrupción. El meollo de la iniciativa ciudadana “3 de 3” tiene que ver con un mal de raíz, que ha lastimado y lo sigue haciendo al tejido social, que provoca violencia, impunidad, discriminación, injusticia, delincuencia organizada (por los de cuello blanco o los de cuello no tan blanco), apatía electoral (las cifras de abstencionismo son alarmantes), y un largo etcétera. La corrupción es el gran desafío de nuestra patria. Nos afecta a todos, y en una u otra medida, por acción y por omisión, todos somos responsables de ella.

Vimos torpe al Gobierno ante esta demanda-propuesta ciudadana. No supo qué hacer. Ni prestó el oído atento, ni acogió convenientemente la iniciativa, ni la procesó con celeridad, ni convocó a fortalecerla, ni nada. Ni el ejecutivo, ni el legislativo ni el judicial han hablado con la altura esperada. La ciudadanía se unió y juntó firmas. Los gobernantes, en sus distintos poderes, no supieron unirse y juntar firmas para acordar un mejor México. La ciudadanía habló, el gobierno calló.

En la iniciativa “3 de 3” los ciudadanos dimos una gran prueba de civilidad, madurez política y altura. El pueblo se organizó pacífica y democráticamente para cortar la rama chueca que está a punto de hacer caer a todo el árbol. La clase política, una vez más, dio carpetazo. ¡Cómo me hubiera gustado ver a todo el poder judicial haciendo huelga hasta que legisladores se pusieran de acuerdo y el presidente promulgara una valiente ley anti-corrupción! El Poder Judicial, tan desgastado, hubiera vuelto a recuperar credibilidad. ¡Cómo me hubiera gustado ver a diputados y senadores parando la maquinaria legislativa para atender al pueblo! Hubieran ganado su próxima reelección. ¡Cómo me hubiera gustado ver al Presidente en cadena nacional diciendo que escuchó el mandato del Pueblo y que lo atenderá! ¿No acaso juró eso el día que tomó posesión de la máxima magistratura? Se hubiera ganado al pueblo… y, de refilón, las elecciones no le hubieran salido así. ¡Estoy segurísimo!

La familia. Sacar una iniciativa como la que turnó al Senado, tanto para la reforma Constitucional como para la reforma al Código Civil en materia de matrimonio al menos merece tres calificativos: imprudente, impopular e inoportuna.

Imprudente porque la larga tradición jurídica y cultural de nuestro país no es sintónica a la iniciativa del Presidente; los grandes liberales del XIX, como Benito Juárez y Melchor Ocampo defendieron la institución matrimonial y la familia como pocos. ¿Por qué Peña Nieto compró una agenda que en general no tiene raigambre histórica ni responde a un clamor generalizado del pueblo?

Impopular, porque no nació genuinamente del pueblo, no fue fruto de una consulta ciudadana (como sí lo fue la iniciativa anti-corrupción); porque no tuvo resonancia con el pueblo. Al menos el pragmatismo político que caracterizaba al PRI desde hace mucho no tomaba banderas de este tipo -usualmente de la izquierda-, sino que prefería habérselas con el sentido común. Cierto: había desfalcos y actos de corrupción -todos condenables- pero no solía entrometerse con asuntos rayanos en la religiosidad, creencias y costumbres del pueblo. Ahora se topó con el frente religioso de los protestantes, ortodoxos y los católicos, que juntos, según el último INEGI (Panorama de las religiones en México 2010), suman más de 100 millones de mexicanos. ¿Era lo más sensato lanzar esta iniciativa a unos días de las elecciones?

Inoportuna, porque los tiempos de un amplio debate -que a título personal considero que sí debe hacerse- no se dieron. No se consultó a especialistas, científicos de lo social y de la salud, a juristas, a sociólogos y a psicólogos, no se pusieron a disposición casos concretos para analizar y discutir. No se convocó a la ciudadanía a opinar: a toda la ciudadanía. Si es un tema tan importante, se debió haber cocido a fuego lento esta propuesta, le debió haber precedido un debate amplio y serio, auténticamente democrático. Pero no fue así; se hizo al vapor. Sólo por poner un ejemplo: eliminar del Código Civil las causales de divorcio y dejar al arbitrio de uno de sus miembros el disolver el contrato me parece un fuerte desatino. Si aún con juicios de por medio sigue habiendo una injusticia tremenda a la mujer, ya me imagino el divorcio exprés generalizado va a agrandar este mal social. Por cierto: ¡esto sí es inequidad de género! Y no veo al movimiento feminista atacando esta potencial ley que desprotegería a miles de mujeres.

En fin, es de hombres sensatos recapacitar. Y creo que se deben hacer preguntas de fondo en las máximas esferas del poder político a partir de los resultados electorales pasados: ¿Nuestras propuestas fortalecen al México que tendrán nuestros hijos y nietos? ¿Estamos atendiendo en verdad los reclamos de la mayoría de los mexicanos? ¿Qué supone la grave responsabilidad de gobernar?

Los platos rotos, después de una fiesta, alguien los termina pagando. Si en esta ocasión los platos rotos los pagara el PRI no estaría preocupado, lo que en verdad me preocupa es que los terminaremos pagando todos los mexicanos. De una vez por todas: NO a la corrupción, SÍ a la familia.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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