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Sufrir de amor: ¿actitud enfermiza o síntoma de salud?

Vivir es, en muchas ocasiones, sufrir. No creo que sea el verbo definitorio de nuestra existencia; sin embargo, sí que es muy humano; todos lo experimentamos sin distinción de sexo, cultura, credo religioso, edad. Como decía José Alfredo Jiménez acerca de la vida: “comienza siempre llorando y así llorando se acaba”. Con todo, aunque frecuentemente suframos, no estamos en este mundo para sufrir. La vida es un afán continuado de expansión, de plenitud, de amor.


México; sufrimiento, pedagogía


El sufrimiento tiene un aspecto pedagógico. En muchas ocasiones nuestras propias decisiones imprudentes o de plano injustas hacia los demás nos acarrean sufrimientos. Uno pierde amigos, se queda sin dinero, quebranta la salud y fracasa en el amor porque libremente se optó por una serie de decisiones que implicaban dichas consecuencias. El sufrimiento, en esos casos, es un maestro que nos enseña el costo de la libertad mal ejercida, y la conciencia le sirve de aula. No hacerle caso, evadirlo, es hacernos más mal. El sufrimiento, bajo este aspecto, es un camino para saber ‘qué no’ o ‘cómo no’ se llega a ser feliz. La gente siempre quiere libros de autoayuda que le digan ‘cómo sí’. El sufrimiento, por el contrario, usa la psicología inversa.

Leía recientemente unos consejos que daban para no sufrir de amor. Allí se decía que si sufrías por ser mal correspondido en el amor, la cosa era segura: habría que romper esa relación y buscar a alguien que sí aquilatase nuestra vida. Tengo que decir que sólo en muy pocos casos esto se aplicaría como primer paso. En general, considero que es el último paso.

Veamos: sería muy enfermizo vivir para sufrir, vivir de sufrimiento, buscar el sufrimiento como forma de vida: masoquismo. Pero no menos inmaduro y enfermo me parece que de buenas a primeras, cuando subjetivamente sienta que no soy correspondido, rompa con mis compromisos y emprenda nuevas aventuras que hagan justicia a mi autoestima. Sufrir porque el otro no ha cumplido con su palabra, porque nos ha humillado o porque no nos corresponde, es un termómetro de que nos importa, de que le amamos. La indiferencia es, por el contrario, el termómetro de que no le amamos. ¿Por qué nos angustiamos si no llegada a casa un hijo y no nos angustiamos si eso hace un extraño? Dice la Escritura que donde está nuestro tesoro ahí está nuestro corazón, pues bien, si sólo el corazón sufre, el sufrimiento nos revela nuestros mayores tesoros. ¿Por qué habría que tirarlos por la borda, como recomiendan esas páginas web, a primeras de cambio, cuando la marejada aún no es amenazante? 

Con todo, como dijimos al inicio, no vinimos al mundo a sufrir. Y aunque el sufrimiento sea un maestro de vida y un revelador de nuestra jerarquía en el amor, no debe ser buscado, sino sólo aceptado. Si se le busca ya es patológico y hay que ir con un especialista del alma, es decir, un psicólogo, un muy buen psicólogo. Pero hay gente que no busca el sufrimiento, ni fue causa de él… simplemente le llega, porque la gente a la que ama también es libre, comete errores y eso le duele. No sólo nos duelen las consecuencias de nuestras propias acciones, también nos duelen (y tal vez más) las consecuencias de la libertad de quienes amamos.  En otras palabras, sufrir de amor, sufrir por los sufrimientos del amado, es uno de los rasgos típicos del verdadero amor. ¿Qué hacer en estos casos?

1) No sentirnos culpables por aquello que nos duele y que no hemos realizado ni ocasionado; cierto, nos duele y sufrimos, pero no decidimos eso. Debemos con cariño y claridad hacerle ver al otro que sufrimos por su causa, y que sufrimos porque le amamos, y que si se ama suficientemente a sí mismo y a los que le rodean, debe pedir perdón, reparar en la medida de las posibilidades lo dañado y evitarlo de nuevo.

2) No esconder el sufrimiento. A veces escondemos las lágrimas del dolor al otro, y esto lo único que hace es reforzar la idea de que no pasa nada y de que se puede continuar igual, provocando en último término mucho más dolor. Cuántas veces he visto y sabido de madres y padres que se preocupan por un hijo, y no duermen, y tienen dolores de cabeza, y tienen mucha ansiedad y preocupación, pero pocas veces ellos se han sentado, con calma, objetividad y claridad a narrarle al hijo su propio sufrimiento. Cuántos esposos sufren mucho por el cónyuge, pero erróneamente no afrontan la verdad, evitan el exponer su corazón herido por las acciones del otro, tal vez por el temor a ser percibidos como proclives al chantaje y a la baja autoestima.

3) No darle tantas vueltas al sufrimiento. Es verdad que está ahí y que duele. Pero también es verdad que hay todo un mundo alegre y hermoso allende nuestro dolor. Regodearse en el sufrimiento y repasarlo constantemente es en el fondo ser soberbio, creerse el centro del universo. Nuestros dolores, grandes o pequeños, no son lo más importante. No digo que no sean importantes, sólo digo que también nuestras esperanzas, nuestras alegrías, nuestra memoria agradecida, nuestra creatividad, nuestro compromiso, son mucho más importantes que nuestros sufrimientos.

4) Rumiar la alegría. ¡Qué trágico que el humano sea un animal que gusta de rumiar el dolor y tragar rápidamente la alegría! ¿Por qué no ir contracorriente? Tal vez comenzar a rumiar lenta y pausadamente nuestras alegrías nos dé frutos de agradecimiento, y éste comience a ser el detonante de nuevas esperanzas y compromisos, puerta de salida al sufrir de amor. Rumiar la alegría da paz, serenidad y estabilidad psíquica. Las personas alegres son muy sanas y objetivas. Las personas alegres, como todas las demás, también sufren, pero sobrellevan el sufrimiento con más recursos y creatividad que el resto.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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