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Acostumbrados a la violencia

Cada día nos enteramos de más y más violencia. Puede ser que no esté creciendo tanto, pero también es cierto que cada vez se publicita más. ¿Habrá alguna solución efectiva y rápida a la mano? Probablemente no, pero claramente ni siquiera se ha propuesto alguna opción viable.


México; ribieza ante violencia


Hace muchos años, en mi pueblo que ya se quería llamar ciudad, había un viejito dicharachero y cuentacuentos que reunía a su alrededor a un grupo de mocosos del último año de la primaria y nos contaba historias de los tiempos de la revolución. Nosotros nos reíamos mucho de un dicho suyo. Al contar alguna de sus historias, ocasionalmente decía: “el señor… murió de enfermedad”. Nos reíamos de él, pero con los años, nos dimos cuenta que en sus historias la mayoría de la gente moría asesinada o en accidentes. No era frecuente que la gente muriera de enfermedad. Claro, sus historias venían de una de las épocas más violentas de nuestro país, violencia que persistió por décadas. No tenemos punto de comparación porque las estadísticas de la época eran, aunque parezca inconcebible, peores que las actuales. Pero la época post revolucionaria todavía a ocurrían balaceras en el Congreso, los diputados siempre iban armados al amparo de su fuero y, como decía un compositor en una sus canciones más celebradas “la vida no vale nada”.

Casi cien años después estamos regresando a un pasado que creíamos superado. Una situación en la que ya los asesinatos no provocan sorpresa ni rechazo. Que se consideran como una parte normal de la vida. En un par de semanas hemos tenido la filtración de un video donde muestra a criminales asesinando a un soldado y a un soldado disparando a un presunto criminal que ya estaba indefenso. Y en las redes sociales, aparentemente compitieron quienes felicitaban al criminal por matar a un soldado y quienes afirmaban que el único modo de poner orden es actuar como el soldado que ajustició a un presunto criminal. Yo no sé qué aterroriza más, si el crimen mismo o la reacción social que, en un caso o el otro, justifica el asesinato por diversas razones.

En los últimos días tuvimos el asesinato de dos periodistas, que bien pudieran ser tres al aumentar la gravedad de otra víctima del crimen, así como el atentado contra la vida de un sacerdote en la Catedral Metropolitana de este país. Y las reacciones de la sociedad y de las autoridades han sido, por decirlo de algún modo, tibias. Da la impresión de que nos estamos resignando a la violencia, que es tan frecuente que ya no nos provoca rechazo, que nos estamos acostumbrando.

Todavía no hace mucho, el horror de los asesinatos relacionados con el crimen organizado fue uno de los argumentos fuertes para revertir la alternancia democrática y volver a dar el poder al viejo régimen. La prensa empezó a llevar la cuenta, prácticamente diaria, del número de asesinatos que se cometía, incluso sin asegurarse de que todos tuvieran que ver con el crimen organizado. Y ese fue uno los argumentos que más se empleó para demostrar la ineficacia de los nuevos gobernantes. Argumento que se reflejó en un dicho: “que se vayan los ineptos y regresen los corruptos”. Regresaron los corruptos y la violencia no se ha reducido. Sí, se ha disfrazado. Si, ya se ha dejado de hablar de las “víctimas de la guerra contra el crimen” y se habla de homicidios dolosos, que incluye a otros tipos de asesinatos. Pero claramente esa era la estadística que se utilizaba antes como demostración de la ineficacia del gobierno, puesto que no había una separación clara entre los asesinatos provocados por la guerra contra el crimen y los demás asesinatos.

Pero todo esto es una mera especulación. El numeró en sí no es lo importante. Lo grave es que ya nos estamos acostumbrando, que no hay un rechazo social. Que incluso ya no se responde frente a los asesinatos de grupos que se suponían a salvo de este flagelo, como son los periodistas y los sacerdotes. Hay quien dice que, quitando los países donde hay una guerra abierta, el sitio más peligroso para ejercer el sacerdocio y el periodismo es en México. Bien puede ser.

Desgraciadamente, no puedo hablar de soluciones rápidas y a corto plazo. Si las conociera probablemente estaría haciéndome millonario vendiendo la solución al Gobierno o a los partidos políticos. Hay quien dice que no hay que combatir la violencia con violencia, sino que hay que educar. Es posible, pero dado el deficiente estado de nuestro sistema educativo, aun si hoy todo quedará en condiciones óptimas, tardaríamos más de una década en ver resultados. También se habla que lo importante es subir el nivel de vida, porque la pobreza genera violencia. No lo creo. Los que están utilizando armas de alto poder para atacar al ejército no son precisamente pobres. Por otro lado, me parece ofensivo que se iguale la condición del pobre con la condición de delincuente. Como si en la clase media y en la clase rica no hubiera violentos. Y, en todo caso, mejorar sustancialmente el nivel de vida de la gente pobre también es una obra de varias décadas.

Lo cual nos queda solo una posible solución: asegurarse que no existe impunidad. Lo cual tampoco es rápido: la Reforma Penal en más de ocho años no ha podido todavía asegurar el cumplimiento de una parte de sus mandatos. Desarrollar una policía bien pagada, bien entrenada y equipada, con capacidad de desarrollar pruebas aceptables en un tribunal, será posiblemente tarea de más de un sexenio.

Lo que nos queda es la acción de la sociedad. Si no hay soluciones rápidas, el componente indispensable es la presión social. Que no se nos olviden los asesinatos. Qué no nos dejemos marear por los números y reconozcamos que, aunque que haya menos no significa que ya estemos bien. Que no justifiquemos fácilmente el recurso a la violencia y a la muerte. Que la situación económica, la venganza o el despecho, la ambición, la paz y otros muchos justificantes no sean aceptados por la sociedad para consentir la violencia.

Hemos tardado décadas en llegar a este nivel. Hemos permitido, como Sociedad, que nuestra clase política haya postergado las soluciones. Ahora no nos queda más que aceptar una larga tarea para cambiar nuestra estructura valores y exigir a nuestros mandatarios que empiecen a tomar soluciones importantes de las cuales muchas veces no se podrán beneficiar porque los resultados se verán mucho más allá de su mandato.

* Consultor de empresas. Académico del TEC de Monterrey. Ha colaborado como editorialista en diversos medios de comunicación como el Heraldo de México, El Universal, El Sol de México y Church Fórum

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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