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Consagrados en Fátima al Mundo

Él nos ha creado como una esperanza para los demás, una esperanza real y realizable en el estado de vida de cada uno.- (Papa Francisco, homilía en Fátima 13 de mayo 2017)


México; Francisco, Fátima


La devoción a Nuestra Señora del Rosario aparecida en Fátima, es una de las revelaciones privadas más veneradas y celebradas del siglo XX y, por supuesto, del actual. Múltiples parroquias y capillas han tomado su nombre y su devoción está muy extendida.

Yo recuerdo, que cuando era un niño, tuvimos la visita de la imagen peregrina de la Virgen de Fátima a mi pueblo, al principio de los cincuentas. Fue impresionante la afluencia de gente que hacía valla en las calles para recibir y vitorear a la imagen a su paso desde el aeropuerto hasta la iglesia donde se le dio posada. Recuerdo la preparación, los rosarios, las visitas de los niños a ofrecer flores a la imagen. Algo que no volví a ver hasta la visita del primer cardenal que visitó a México y la primera visita de San Juan Pablo segundo.

Ahora, al celebrarse el centenario de estas apariciones, recordamos los secretos que la bienaventurada Virgen confió a los pastorcillos y que, en su momento, se prestaron a ciertas especulaciones. Recordamos también la petición de Nuestra Señora de Fátima para que se consagrara Rusia a su Inmaculado Corazón para que se lograra su conversión. Consagración que llevó a cabo el Papa Juan Pablo segundo, pocos años antes de la caída de la Unión Soviética. Ahora, ante el centenario de estas apariciones, se habló de la posibilidad de que el Papa Francisco hiciera una consagración del mundo entero a Nuestra Señora, para que Ella obtenga de su Hijo el remedio a tantos males que nos aquejan.

No ocurrió de esa manera, pero Su Santidad nos propone varios conceptos muy importantes. Los que, en mi opinión, se dirigen fundamentalmente a nosotros los seglares. Habla el Papa de que somos “una esperanza real y realizable en el estado de vida de cada uno”. Una esperanza para una humanidad que sufre y que cada vez espera menos. Dice el Papa que “el Cielo activa aquí una auténtica y precisa movilización general contra esa indiferencia que nos enfría el corazón y agrava nuestra miopía”. Una movilización que abarca a todo el cuerpo místico de Cristo, y que nos toca mayormente a los seglares.

Porque parecería que los seglares hemos dejado muchos campos que son de nuestra competencia. Campos como la cultura, la educación, el arte, la ciencia, lo social, lo empresarial, los medios, el entretenimiento, lo familiar, la economía y la política, a la que el Papa le llama “la forma más alta de caridad”. Muchas veces nuestros apostolados seglares, extraordinariamente meritorios, se enfocan sobre todo en el apoyo a un clero cada vez más escaso y que requiere de muchas manos que lo auxilien. Y, cierto, en todos los temas que hemos mencionado hay actividades de seglares. Pero no han sido suficientes.

Hemos dejado el campo del Mundo en otras manos. Hemos olvidado que Jesús, al orar por nosotros, le pedía al Padre que no nos saque del mundo, sino que nos preserve del mal. A mí me parece que, si el Papa pide una movilización general, es porque no está ocurriendo, es porque es insuficiente, es porque se necesita. El tamaño y la profundidad de la tarea que se requiere, hace necesario que grandes números de seglares se responsabilicen de esta tarea.

Lo que se necesita es que los seglares nos consagremos a iluminar al mundo, a ser la levadura que haga fermentar la masa. El Cielo, nos dice el Papa, “pide y exige de cada uno de nosotros el cumplimiento de los compromisos del propio estado”. Nos pide, a los seglares, cumplir las obligaciones familiares, laborales, empresariales, educativas, políticas, culturales, y sociales: en general todos los compromisos que una sociedad tiene para sus miembros. Y tal vez mas allá de cumplir, responsabilizarnos de que esos aspectos de la sociedad estén iluminados con los criterios del Evangelio, dada la misión que cada uno de ellos tienen para el desarrollo del ser humano.

¿Estamos preparados para este reto? “No podemos ser una esperanza abortada”, dice el Papa. Y esto requiere profundizar en actividades seglares que sólo se han atendido en mínima parte. Porque no se trata de que nos animen, se trata de que nos responsabilicemos. No hay otros que puedan llevar esta labor a cabo: o somos los seglares cristianos o nadie lo va a hacer.

Que nuestra Madre de Fátima nos alcance de Cristo nuestro Rey la sabiduría y la fortaleza, la constancia y la generosidad que necesitamos para poder cumplir con esta encomienda de su Vicario en la tierra.

* Consultor de empresas. Académico del TEC de Monterrey. Ha colaborado como editorialista en diversos medios de comunicación como el Heraldo de México, El Universal, El Sol de México y Church Fórum

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