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¿Viene el fin del “Cuarto Poder”?

A raíz del enfrentamiento cada vez más fuerte entre el Presidente Trump y los principales medios de comunicación de Estados Unidos, se podría hablar de la declinación del llamado “Cuarto Poder”, es decir, la prensa y los medios.



Pero esta declinación no empezó con el Presidente Trump, y muy probablemente no terminará cuando él complete su mandato. Los medios tienen cada vez menor poder de influencia, menor viabilidad económica, y lo más importante: menor credibilidad. A corto plazo, no se ve que esta situación vaya a cambiar.

En la democracia occidental hablamos de tres poderes: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Ese esquema de tres poderes provee límites y balances que, en teoría, evitan que las democracias se vuelvan tiranías. Por otro lado, la Prensa, los Medios, al informar el desempeño de los poderes, proveen otro modo de limitar y balancear las democracias. El mecanismo es el de dar información a la ciudadanía para que puedan limitar los abusos de la clase política. De ahí que se le ha llamado el “Cuarto Poder”.

Por eso, las dictaduras tratan de subordinar todos los poderes a la voluntad del Poder Ejecutivo. Quienes hemos vivido en la “dictadura perfecta”, nos queda claro el concepto: una Presidencia imperial, que domina sobre el Congreso y sobre la Suprema Corte. Que domina la prensa y los medios de diversas maneras, además.

Eso, por supuesto, ha dado como resultado que en los países democráticos hay una tensión entre el Ejecutivo y los medios. Y que una señal clara de dictadura es la existencia de una Prensa que no difiere de la opinión de los gobernantes. Así, las naciones de la órbita soviética tenían una Prensa muy domesticada. Como sigue ocurriendo en Cuba, Corea del Norte y China. Como lo intenta cada vez con mayor fuerza el gobierno de Venezuela.

Ahora nos encontramos con una crisis entre el Presidente de Estados Unidos y los medios tradicionales. El enfrentamiento va escalando: de no responder preguntas, a expulsar algún preguntón, a prohibir algunos medios, a retrasar la entrega de información a los mismos, y últimamente a declinar la invitación tradicional a la cena anual de la asociación de reporteros de la Casa Blanca.

Por otro lado, los medios han reaccionado dejando de asistir a algunas ruedas de prensa, y llenando los espacios de noticias sobre la presidencia con múltiples maneras de alabar la verdad. Diciendo, por supuesto, que ellos son la verdad. En la versión electrónica del New York Times ahora dice en la primera línea algo similar a un brindis: algo que traducido de una manera libre podría ser algo como: “Brindo por ti, brindo por la verdad”. Y el Washington Post está publicando en las redes un anuncio casi lastimero, pidiendo que los apoyen para que pueda haber una Prensa fuerte y con ello pueda haber democracia. Y para hacer fácil el asunto, ofrecen un sustancial descuento en sus cuotas de suscripción.

La verdad es que la crisis de los medios tiene muchas aristas. En otro tiempo eran la Opinión Pública, así en mayúsculas. Después empezó a cuestionar eso y se hablaba de la diferencia entre la verdadera opinión pública y la “opinión publicada”. Esto significa, por supuesto, que cada vez se confía menos en la veracidad de los medios. Pero mientras los medios tuvieron un cierto monopolio de la información, podrían ser útiles como un modo de influir en la sociedad. Pero, en un cortísimo periodo, la tecnología ha puesto en manos de todos los miembros de la sociedad su propio modo de trasmitir información y de trasmitir opiniones. Sólo en México se habla de cien millones de líneas de teléfono celular; cien millones de personas que están emitiendo sus opiniones sin tomar en cuenta necesariamente las de los políticos y las de los medios. Para todo efecto práctico, ya no es posible influir de una manera tan completa sobre la sociedad.

Por otra parte, muchos medios están en una crisis económica. La fuente de sus ingresos, la publicidad, ahora se reparte entre más medios tradicionales y también en medios electrónicos. Pero los presupuestos de publicidad no han crecido en la misma proporción. La consecuencia ha sido la quiebra de varios periódicos tradicionales, situaciones económicas muy adversas como la que está pasando La Jornada y otros medios que encuentran cada vez más difícil sostenerse.

Algunos han reaccionado tratando de cobrar la conexión a sus medios a través de la Red, pero hay tal oferta de acceso gratuito en estos momentos, que el público cada vez está menos dispuesto a pagar por tener acceso electrónico a periódicos y revistas.

A esa crisis económica se le agrega una crisis de credibilidad. En un estudio en 28 países, incluyendo México, los medios tienen menor calificación de confianza que las empresas, las ONG’s y sólo arriba de los gobiernos.

El Presidente Trump habla de noticias falsificadas (fake news) y este concepto resuena con una parte importante de la sociedad estadounidense. Los ha llamado “enemigos del pueblo” y al parecer no habido muchos que se levanten a defenderlos. Pero esto no es exclusivo de la sociedad estadounidense. Ni es nuevo tampoco.

Hay otro concepto fundamental. Los medios, tradicionales o electrónicos, deberían tener en sus códigos de ética un manejo escrupuloso de la verdad. Porque hay muchas maneras de faltar a la ética. Una es distorsionar el concepto clásico de la verdad: que lo que se dice corresponda con la realidad. El modo más crudo de falsificar la verdad es deformando u ocultando los hechos. Lo cual es cada vez más difícil, en un ambiente híper-comunicado. Otro modo es negar que haya una sola verdad posible, hablando de la post verdad o de los hechos alternativos. Lo que en realidad está ocurriendo es que la interpretación de los hechos, que es la segunda parte del “producto” de los medios, es mucho más sujeta a discusiones. Claramente podremos encontrar un hecho que tiene una explicación única, pero a veces no. Y no es cierto que todas las posibles interpretaciones de un hecho sean válidas. Un aspecto muy delicado. Y que requiere una gran sutileza para distinguir la verdad del error.

¿Qué nos espera el futuro si continúa la decadencia de los medios tradicionales? Muy posiblemente, mayor confusión, mayor dificultad para lograr acuerdos en la sociedad, entre los mandatarios y los mandantes, entre las naciones y entre éstas con los organismos internacionales. También significa que los usuarios de los medios tendremos que aprender el difícil arte de validar la información que recibimos y su interpretación. Intoxicados por el exceso de información, podríamos ser fácil presa de demagogos y manipuladores.

En mi opinión, la salvación de los medios está en volver a una ética muy exigente en el aspecto de investigar, interpretar y difundir la verdad. Y también el tener un concepto de imparcialidad que les haga presentar todas las posibles interpretaciones de los hechos y dar voz a los que difieren de su línea editorial y a los que le señalen sus fallas de información e interpretación. Veracidad e imparcialidad, fáciles de definir y no necesariamente fáciles de aplicar. Particularmente, el gran reto será convencer a la sociedad de su buena fe y de que están al servicio de todos, no solamente al de alguna ideología. Sin que ello signifique que no tengan un punto de vista, pero sin ocultar otras maneras de ver diferentes de la de su medio.

¿El fin de los Medios? No necesariamente. Pero sí un cambio fundamental. Una reinvención en lo económico y posiblemente en su manera de presentar sus contenidos. El fin, posiblemente, del sensacionalismo. Un cambio de fondo de cara a la sociedad y a su derecho a la verdad. Ojalá sea para bien.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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