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El genocidio armenio, memoria indispensable

El 22 de agosto de 1939, días antes de la invasión a Polonia y el inicio de la Segunda Guerra Mundial, en su discurso de Obersalzberg, Aldof Hitler ordenó a los líderes de su ejército lanzarse al asesinato masivo de los polacos. Lo hizo con estas palabras:


México; genocidio armenio


“Nuestra fortaleza yace en nuestra velocidad y brutalidad… he ordenado poner en acción a mis formaciones, con la instrucción de que, sin descanso ni compasión, manden a la muerte a las mujeres y niños de origen y lenguaje polaco. Sólo así podemos ganar el espacio vital que necesitamos. Después de todo ¿quién habla ahora de la destrucción de los armenios?”.

Lo que pasó después ya todos lo sabemos. Hoy, a mí, me interesa especialmente lo que pasó antes. ¿A qué se refería cuando hizo mención a la “destrucción de los armenios” de la que nadie se acordaba?

Hitler hablaba del genocidio armenio, el primero de los grandes genocidios del Siglo XX. Este crimen contra la humanidad ocurrió entre 1915 y 1923, durante el colapso del Imperio Otomano y el nacimiento de la moderna República de Turquía, controlada por una facción conocida como “Los Jóvenes Turcos”, que se envolvieron en un discurso nacionalista para asesinar a más de un millón y medio de mujeres, niños y hombres de origen armenio, como parte de una estrategia que los “jóvenes turcos” habían comenzado a delinear desde años atrás, con el objetivo de construir una nación dominada enteramente por ellos el “Gran Turán”, que pretendían imponer desde Mongolia hasta Kazán o, en su versión más delirante, desde la región escandinava hasta el lejano oriente.

En el camino les estorbaban asirios, griegos y árabes, pero a quienes Los Jóvenes Turcos identificaron como su principal obstáculo fue a los armenios, cuya población ascendía a poco más de dos millones dentro de las fronteras otomanas. Mataron a un millón y medio, y a los demás los obligaron al exilio y los sometieron a infinidad de vejaciones.

Y eso es indiscutible. Ya desde el 16 de julio 1915, en un telegrama enviado al Departamento de Estado, el embajador norteamericano en Constantinopla reportó la existencia de una campaña de exterminio racial. Días antes, el Conde Wolff-Metternich, embajador de Alemania, envió otro telegrama a su gobierno, señalando que, en su intento por llevar a cabo… la destrucción de la raza armenia, el gobierno turco no aceptó ser disuadido por nuestros representantes, ni por la embajada americana, ni por el delegado del Papa, ni por las amenazas de los Poderes Aliados, ni en consideración a la opinión pública de Occidente que representa la mitad el mundo.

El propio Ministro del Interior del gobierno otomano, Talat Pachá, envió órdenes al ejército instruyéndolo, entre otras cosas, a arrancar a los niños armenios de sus familias y asesinarlos (marzo 7, 1916). Talat lo reconoció incluso en una conversación con el antes mencionado embajador norteamericano, a quien directamente le dijo: Hemos liquidado ya la situación de tres cuartas partes de los armenios. El odio entre las dos razas es tan intenso que tenemos que acabar con ellos.

Así lo hicieron. A los hombres armenios los ejecutaron por miles casi de inmediato, muchísimos más fueron arrastrados junto con sus esposas e hijos en caravanas de la muerte, sin agua ni comida, sometidos a la esclavitud, al acoso sexual o directamente asesinados. Aquellos que sobrevivían eran llevados a campos de concentración en el territorio de lo que hoy es Siria e Irak, donde los ahogaban o los asfixiaron con humo, en lo que constituyó una evidente prefigura del genocidio judío, sucedido apenas una generación más tarde.

Todavía 100 años después, el gobierno turco, construido por los mismos ejecutores e instigadores del genocidio, se niega a reconocer que éste sucedió, y durante muchos años ha presionado al resto del mundo para evitar que esta tragedia sea conocida y denunciada. ¿Por qué? La respuesta, en palabras del historiador turco, Taner Akcam, es que, si se reconoce el genocidio armenio, entonces hay que aceptar que buena parte de los padres fundadores de Turquía estuvieron directamente involucrados en el genocidio, o se volvieron ricos (a través del robo de las propiedades de los armenios asesinados).

Trágicamente, esta presión de silencio ha sido muy exitosa. Sólo 30 países (México, vergonzosamente, no está en la lista) habían reconocido oficialmente el genocidio armenio, y cuando Alemania se unió a este grupo de naciones, en junio del 2016, a través de una resolución parlamentaria, el primer ministro turco, Binali Yildirim, condenó la votación, y el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, amenazó con represalias a la canciller alemana, Angela Merkel.

Para no ir más lejos, en 2015 el gobierno mexicano cedió a la presión turca y obstaculizó los eventos que la comunidad armenia preparó en nuestro país para conmemorar el 100 aniversario de esos acontecimientos, incluyendo el anuncio de la cancelación de una muestra de cine armenio en el Museo Nacional de las Culturas y la censura inicial contra la pieza musical “Requiem”, del compositor Tigran Mansuryan.

El genocidio armenio ha vuelto a saltar a la polémica por el próximo estreno de la película titulada “The Promise” (La Promesa), estelarizada por Christian Bale (Batman) y Oscar Isaac (Star Wars), que narra la tragedia del pueblo armenio durante esa época y que constituye una ventana indispensable para acercarnos a uno de los episodios más trágicos y olvidados del Siglo XX y para rescatar en la memoria universal tanto el sacrificio de más de 1.5 millones de víctimas, como la culpabilidad de sus asesinos.

Como era de esperarse, la cinta ya enfrenta una campaña masiva de agresiones. Como lo denuncia Mary Wald en The Huffington Post, se vio inundada de reseñas negativas que, por su contenido y cantidad, forman parte de un ataque coordinado y pagado, presumiblemente por el gobierno de Turquía.

Justamente por eso, porque en la historia del genocidio del pueblo armenio se entrelazan la violencia inimaginable de los asesinos con la censura injustificable de los burócratas y la memoria inquebrantable de los sobrevivientes, es que necesitamos rescatar esta tragedia en el recuerdo y el espíritu de nuestra civilización, honrar a sus víctimas y desplomar a los victimarios en el fango de la deshonra.

Justamente por eso, porque la indolencia del mundo hacia el sufrimiento de los armenios motivó a Hitler y a otros sátrapas alrededor del mundo a repetir estos asesinatos masivos, que se tradujeron en más de 170 millones de personas asesinadas por sus gobiernos durante el Siglo XX, es que no debemos olvidar.

Justamente por eso renuevo la exigencia de que el gobierno de México reconozca oficialmente al genocidio armenio, que se conmemorará como cada año el próximo 24 de abril. Después de todo, lo menos que podemos hacer es alzar la voz.

Por cierto…

Si quiere conocer más acerca del genocidio armenio, visite: http://armeniangenocide100.org/es/the-armenian-genocide/

Si vive en Estados Unidos y quiere comprar boletos para ver la película en grupo, visite: http://thepromisetoact.org/

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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