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Algunas palabras tienen magia

¿Palabras con magia? Quizá más bien con enorme significado, que despiertan sentimientos profundos de amor y solidaridad, inexplicables, más que ningunas otras. De niños se les escucha y siembran en ellos algo muy especial. ¿De qué palabras hablamos?


Palabras con “magia”


Pues las palabras con magia son: mamá, papá, hermano, hermana, abuelo y abuela en primer lugar. Luego vienen otras que el niño aprende, como familia, primo, tío y sus femeninos. Veamos.

De alguna manera “mágica”, los términos que identifican a la familia más cercana el niño los absorbe sin necesidad de explicación. Observemos y veremos que es cierto. No hay que decirle al pequeño: “mira, ella es mamá y debes quererla mucho”. Igual con papá, el bebé los descubre de inmediato, claro que no con magia (es una forma de hablar) sino por un instinto que Dios sembró en la persona humana en forma especial. Y luego el niño muy pequeño descubre la otra palabra: hermano. Estas tres palabras envuelven un amor especial y un sentido de pertenencia, que como digo, no es necesario explicarle. ¿Por qué? Allí está la tal “magia”: la mano de Dios. Y así siguen las de abuelo y abuela.

“Quiero a mis papás porque son mis papás, quiero a mis hermanos porque son mis hermanos y quiero a mis ‘abues’ porque son los papás de mis papás”.

Claro que el bebé reconoce la voz de su madre, pues la ha escuchado muchos meses en la gestación, en su vientre, y reconoce otras voces de seres muy cercanos, que ha escuchado con frecuencia, pero no sabe entonces que son de papá y hermanos. Claro que también el bebé ya nacido percibe perfectamente las muestras de cariño y cuidados de la familia, y de allí, es probable, es que nace la magia de esas palabras: del amor recibido, que invita a corresponder con amor.

Y así llegan en la primera infancia las otras palabras mágicas, esas de primo, prima, tío, tía. Tampoco, por alguna razón, hay que explicarles a los niños lo que significan estos parentescos, simplemente saben que tienen en común la palabra amor. “Los primos se prestan las cosas”, dijo de muy niña una de mis nietas. Cierto.

Cuando van creciendo las personas aprenden otras palabras con magia: sobrino, sobrina. Y todas ellas implican ciertas responsabilidades, que tampoco requieren explicación. Y por allí, en algún momento apareció y se reforzó la palabra familia. Más adelante cobran magia otras palabras: hijo, hija. Cuando una pequeña abraza amorosamente su muñeca, lo hace con sentido materno: es… su hija.

Y este amor familiar y su solidaridad permanecen a través de la vida, aunque algunos lleguen a evitarlo en su mente y se vuelvan contra ellos, pues llega a suceder. Y aún así, saben que hacen daño especial cuando dan la espalda o agreden a estas personas de la familia.

Es tan importante, “naturalmente” la palabra hermano, por ejemplo, que cuando hacemos un amigo muy, pero muy cercano a nuestro corazón, le llamamos precisamente hermano. Y en México en especial: cuate, es decir no solamente eres como mi hermano, eres como el hermano que nació conmigo.

Pero una vez que cada niño crece con estas palabras llenas de magia, es importante, entonces sí, reforzar ese sentimiento de identidad única que es la familia. Y eso se logra con la convivencia, la ayuda mutua, el respaldo, el compartir lo que se tiene: cosas y tiempo, y con las muestras de cariño de todo tipo.

Y para que todas esas palabras conserven la magia que da la infancia, por instinto divino, es importante no dejar que las pierdan: mis padres son mis padres y los quiero mucho, muchísimo, y mis hermanos son mis hermanos y también así los quiero, e igual con los otros familiares.

Los intereses personales divergentes, los caminos que se eligen en la vida, las diferencias de pensamiento, así como las ofensas, los desprecios, las acciones egoístas y el rencor, son cosas que desvanecen la magia infantil, y destruyen su significado, su sentido de familia. No podemos dejar que esto suceda en nuestras familias, siempre hay que pensar en el enorme sentido de lo que es el amor, en la necesidad de perdonar las ofensas, y en el permanente propósito de evitar el daño a esos seres que son como la vida misma, eso que se conoce como el llamado de la sangre.

Sí pues, la magia de las palabras mencionadas, que le llega al bebé, al niño, sin que necesitemos explicarlas, con la adolescencia y la vida adulta se puede ir perdiendo. No dejemos que eso pase. Cuando la vida se va haciendo difícil con los años, cuando aparecen las debilidades corporales y mentales de la familia, y las necesidades de todo tipo, especialmente la de compañía, de contacto personal, de conversación, de tiempo cedido al otro ser de la familia, es cuando la tal magia debe ser reforzada con la fuerza del corazón, hasta la muerte misma.

Mantengamos pues, la magia viva del lenguaje familiar que nos nació con la vida misma, con un amor manifestado en hechos, no solo en palabras. Decir “te quiero mucho”, si… y demostrarlo con acciones.

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