¿Qué nos sucedió?

¿Qué sucedió en nuestro México para que hoy sea considerado uno de los países más peligrosos del mundo?


Ciudadanos con miedo 


Cuando escucho las noticias, no deja de estremecerme la cantidad de “notas rojas” que se generan en nuestro país: ejecuciones, enfrentamientos armados, secuestros, venganzas, robos… Los medios nos permiten ser testigos de los grados de violencia que se viven diariamente en los diferentes estados de la República y los esfuerzos fallidos de algunas autoridades que prometen hacer justicia y restaurar la paz.

Los ciudadanos nos hemos acostumbrado a vivir con miedo por la amenaza latente de convertirnos en víctimas de la delincuencia, y al mismo tiempo a permanecer indiferentes ante el dolor ajeno y los sucesos escalofriantes de cada día. Nos hemos acostumbrado a reducir nuestros espacios y evitar los lugares que solíamos frecuentar. Ya no más paseos a aquellos pueblitos mágicos, a las playas familiares y hasta algunos parques y áreas de juegos, porque hoy están en manos de sicarios y narcotraficantes.

¿En dónde nos perdimos? ¿Qué sucedió en nuestro México para que hoy sea considerado uno de los países más peligrosos del mundo?

Hace algunos años llamó mi atención un espectacular cercano al aeropuerto de la Ciudad de México que decía: “la violencia que se vive en las calles inició en una casa”.

Los secuestradores, los asesinos, los tratantes de personas, los ladrones, todos, igual que nosotros provienen de una familia en la que seguramente no encontraron ni vivieron las condiciones necesarias para ser personas de bien que reconocieran el valor de sus semejantes y el valor de su propia vida.

La familia mexicana, tan reconocida internacionalmente en otras épocas por sus profundas raíces, hoy ha fallado en la formación de varias generaciones de ciudadanos de tal manera que nos encontramos sumergidos en fuertes problemas sociales sin encontrar la solución adecuada.

¿Qué nos sucedió? Quizá fue que a la mujer mexicana desde hace varias décadas, nos hicieron creer que la familia podía ser el mayor de los grilletes. El bombardeo de publicidad de “pocos hijos para darles más”, “la familia pequeña vive mejor”, unida a la que nos hablaba al oído contraponiendo la presencia en el hogar a la realización personal: “más valen 10 minutos de calidad de una mamá realizada, que todo un día con una madre neurótica e insatisfecha”, fueron a fuerza de escucharlas, penetrando en las conciencias de miles de madres que terminaron dejando la mayor parte del tiempo a sus hijos en manos extrañas, o frente al televisor o incluso en situación de calle.

Quizá es porque los padres de familia comenzaron a olvidar, que la educación de los hijos comienza en el hogar, confundiendo la instrucción que se recibe en la escuela con lo que es su tarea primordial y en la que son insustituibles: la formación integral de sus hijos. La escuela mientras tanto consideró que materias como el civismo y la ética estaban de más en la curricula, generaciones de estudiantes han pasado por las aulas sin entender siquiera lo que significan.

Tal vez sea que la televisión tomó el lugar de honor en la casa y las películas y series tradicionales que contenían algunos valores, se fueron transformando para inundar hoy los hogares junto con las redes sociales, de un relativismo moral sin límites, en que lo bueno y lo malo dependen del ángulo que lo mires; y los modelos a seguir son el más hábil para robar, el más astuto para burlar la ley, el más insensible para matar o el más diestro para el negocio del narcotráfico.

Hoy estamos viviendo las consecuencias sociales de haber permitido el ataque a la más noble y necesaria de las instituciones, la familia.
El Estado no ha sabido proteger ni apoyar a la más importante célula de la sociedad: la familia, y ha fracasado en su intento de sustituir a los papás en su tarea educadora, Hoy tenemos millones de personas que no tuvieron oportunidad de una formación académica, pero también montones de profesionistas sin valores: excelentes químicos que fabrican drogas, arquitectos que construyen edificios que se derrumban, médicos que practican abortos, políticos que ven el interés propio y no buscan el bien común, ministros que manipulan los derechos humanos...

Ya lo decía San Juan Pablo II: “Como es la familia, así es la humanidad porque así es el hombre”.
Cualquier esfuerzo, programa o estrategia del gobierno para recuperar la seguridad y la paz que tanto anhelamos los mexicanos será solamente un paliativo Es urgente crear las condiciones adecuadas para el fortalecimiento de la familia, un deber que no ha sabido cumplir.

Sin embargo es cada día más fuerte y creciente la sociedad civil organizada que exige al gobierno y que trabaja arduamente por los derechos y el reconocimiento de la familia, no solamente con grandes manifestaciones sino también en el día a día; en la formación intelectual y moral de las nuevas generaciones, en revalorar a la mujer que tiene la gran capacidad de ser profesionista o trabajadora, o activista, pero también madre y esposa.
No importa que el paso parezca lento, tampoco que la corriente pareciera estar en contra; porque nada sustituirá a la familia, y porque empezar a reconstruirla es fortalecer los cimientos, es recuperar el camino y es salvar a México.

“La familia es tabla de salvación o sima de perdición” Goethe

 

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