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2017: “Esperanza activa”, respuesta a desafíos de México

Nunca como ahora

Encender el televisor, escuchar los noticieros de la radio, o simplemente, conversar con los vecinos, son momentos en los que mis bellísimas lectoras y gentiles lectores pueden percatarse de dos tipos de comportamiento del mexicano: uno, caracterizado por el escepticismo; y el otro, por la desesperación.



Uno y otro son bastantes malos consejeros. El escepticismo invita a un “dejar hacer, dejar pasar”, que tiene mucho de expresión verbal y no verbal en el sentido de “¡Me importa un pepino lo que sucede!... ¡No es mi problema!... ¡Mientras no toque la crisis a mi familia!”, con lo que resulta sencillísimo culpar a los demás, abandonarse al comportamiento más tóxico que sugiere el clásico “El que no transa, no avanza”.

La otra variable también es preocupante, porque se escoge el camino de la desesperación; de la actitud del “¡ya no hay nada qué hacer!”; y esta conducta, usualmente, lleva “malos pensamientos”, decía mi agüe, y por gravedad, a un círculo vicioso lleno de fracaso tras fracaso.

Nunca como ahora se necesita poner en práctica las características de una “Esperanza Activa”.

Se vale

La razón: la Esperanza –así, en mayúscula– es una virtud y una forma de ser y vivir la vida, que como destaca el Papa Bergoglio, “nunca está parada”. Ese tipo de Esperanza siempre está en camino, nos hacer caminar y nos permite ver nuevos horizontes; por eso nos hace recuperar la visión de aquellos que son un objetivo para nosotros, facilitando el encuentro de la eficacia en las acciones que necesitamos instrumentar para lograrlo.

Tanto la desesperación como el escepticismo paralizan el alma, vuelven miope la necesaria sensibilidad para identificar riesgos y oportunidades; y nos hace olvidar que la adversidad es la madre de todas las creatividades.

Desesperación y escepticismo provocan una “ceguera de taller”, en donde lo único percibido es derrota, fracasos, espíritu derrotado; y, desde luego, golpean fuerte la indispensable fortaleza interior para afrontar y confrontar las dificultades, además de matar la energía para renovarse y re-emprender el trabajo para salir adelante. Es decir, la Esperanza no es sinónimo de pasividad ni “providencialismo”.

Dicho en otros conceptos: la Esperanza, como virtud, nos permite aprender a ser felices con lo que no tenemos.

No tenemos alberca en casa… pero podemos ser felices. No tenemos vacaciones anuales en París, Las Vegas o Dubai… pero nos tenemos a nosotros y a la gente que nos ama. No es conformismo. Es aprender, como decía Antoine de Saint-Exupéry, entender que lo esencial es invisible para los ojos.

La Esperanza salva de la depresión y las obsesiones compulsivas. La verdadera Esperanza es fuerte y fuente de fortalezas en todo momento. Es la certeza de que, a pesar de los pesares, podemos salir adelante, porque nos hace comprender que los errores y los fracasos son la plataforma de despegue de los éxitos en la vida.

Una fortaleza fundamental de la Esperanza radica en que nos hace caminar, levantarnos y re-intentar con eficaz alegría; con deseos de hacer el bien y de que las cosas salgan bien.

En efecto, son muchos los desafíos que tiene el mundo, en particular, nuestra querida Patria.

Lo que hacen falta hoy, son hombres y mujeres que se esfuercen cada día en sembrar semillas de Esperanza activa y actuante. ¿O no?

@yoinfluyo

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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